Autor
Comunicador de la Fiscalía Provincial de Camagüey
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En este artículo:
Cuba, Fiscalía, mujer, fiscal, Justicia
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Cuando su familia se trasladó desde la provincia de Las Tunas hasta la zona norte de Camagüey, en la ciudad costera de Nuevitas, nadie podía imaginar que aquella niña de apenas seis años crecería para dejar su huella en una tierra marcada por el olor a salitre, el rumor del puerto y el ritmo constante de sus industrias. 

Como las mareas que moldean lentamente la costa, el destino comenzaba a dibujar el camino de Dania.

En Nuevitas transcurrieron sus años de escuela. Allí cursó la enseñanza primaria y secundaria, hasta matricular el Preuniversitario en los centros Sola 3 y Sola 9, en aquellos institutos preuniversitarios en el campo enclavados en la Sierra de Cubitas. Entre los campos de naranjas que perfumaban el aire, las conversaciones interminables en los albergues y las jornadas de formación vocacional, comenzó a germinar en su interior una vocación que más tarde daría frutos: la pasión por las leyes.

Aquella inclinación la condujo hasta la carrera de Derecho en la Universidad de Camagüey.

- ¿Y por qué Derecho? ¿Tenías antecedentes familiares? - le pregunto.

Ella sonríe con serenidad.

- No. Me decidí por el Derecho porque siempre me consideré una persona muy pegada a la justicia. Además, entendía que era una carrera donde también se fomentaban valores.

Dania busca en su memoria como quien abre un viejo cofre de recuerdos. Allí aparece un año que marcaría su vida: 1985. Recién graduada fue asignada al órgano de la Fiscalía General de la República de Cuba en el municipio de Nuevitas.

«En Nuevitas inicio mi vida laboral», recuerda. «Allí estuve doce años desempeñándome como fiscal, hasta que me promueven como Fiscal Jefa de la Fiscalía Municipal de Nuevitas, cargo en el que permanecí durante dieciséis años».

- ¿Y qué te aportó Nuevitas? - le pregunto.

Respira profundo, como quien deja que la memoria navegue por aguas antiguas.

«Yo ubico al órgano fiscal como el centro que contribuyó esencialmente a mi formación como fiscal. Allí logré la práctica que me faltaba. Tuve la oportunidad de aprender de fiscales muy valiosos de ese territorio. En realidad, allí se forjó gran parte de lo que más tarde necesité en mi vida profesional».

En 2009 su camino continuó creciendo, como árbol que busca más luz. Fue promovida a la Fiscalía Provincial de Camagüey para ocupar el cargo de Fiscal Jefa de Protección a los Derechos Ciudadanos, área que hoy se conoce como Protección de la Familia.

En medio del relato, Dania hace una pausa para hablar de dos pilares de su vida: su madre, ya fallecida; y su esposo, Luis Rodríguez Acosta. A ellos les agradece el apoyo silencioso que muchas veces sostiene los grandes compromisos. Gracias a su respaldo —dice— pudo enfrentar tareas complejas, continuar su autopreparación y, al mismo tiempo, cuidar la familia que juntos construyeron.

Entre los recuerdos que más atesora aparece también la docencia. Durante la etapa de Universalización tuvo la oportunidad de formar a muchos jóvenes estudiantes. Hoy, esa vocación continúa viva cuando decide apadrinar o acompañar a nuevos estudiantes que comienzan su camino.

Mientras conversamos, Dania habla de la sencillez de los fiscales. Dice que detrás de cada toga o expediente hay personas comunes: con virtudes y defectos, con alegrías y tristezas, pero con un profundo sentido de responsabilidad hacia la sociedad.

Luego me invita a caminar hasta un pequeño jardín. Allí, entre colores y aromas, muestra otra faceta de su carácter: su amor por las flores. Las observa con la misma delicadeza con que se mira algo que ha acompañado silenciosamente toda una vida.

- Después de tantos años, ¿qué le agradeces a la Fiscalía? - le pregunto.

Dania toma una flor entre sus manos y acerca su fragancia al rostro, como si en ese gesto recogiera los años vividos, los esfuerzos y las lecciones.

Entonces responde con calma: «Mi preparación profesional y el fomento de valores en lo personal, como la humanidad, la justicia y la responsabilidad. Creo que esos valores se consolidan en el órgano. La Fiscalía me enseñó, sobre todo, a ser un mejor ser humano».

Y en su voz queda flotando la certeza de que, al igual que en aquel jardín, la justicia también puede florecer. 

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