Autor
Enrique Valdés, especialista de la Dirección de Comunicación Institucional
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En este artículo:
Cuba, Fiscalía, Ignacio Agramonte y Loynaz, El Mayor
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Ignacio Agramonte y Loynaz es una figura indispensable para nuestra historia Patria. Y hablo en presente porque hombres como él sobreviven a su tiempo y marcan pautas con su legado.

Por tanto, este 11 de mayo no vamos a recordar su caída en combate, sino su ascenso hacia la inmortalidad, porque El Mayor, como también suele conocerse, lejos de perecer en aquel potrero de Jimaguayú, marcó con sangre de buen cubano los derroteros a seguir en busca de la libertad.

Ha pasado más de un siglo de aquel 8 de junio del año 1865, en que Agramonte se licenciara en Derecho Civil y Canónico y expusiera ante el Claustro de la Real Universidad de La Habana, algunos de sus principios jurídicos que ahora están más vigentes que siempre: 

«La libertad de obrar -dijo-  consiste en hacer todo lo que le plazca a cada uno en tanto que no dañe los derechos de los demás (…)», contrastemos esto con lo refrendado en el Artículo 45 de nuestra vigente Constitución: El ejercicio de los derechos de las personas solo está limitado por los derechos de los demás, la seguridad colectiva, el bienestar general, el respeto al orden público, a la Constitución y a las leyes y podrá apreciarse cuánto de ese pensar está recogido en nuestro texto constitucional.

Igualmente, ahora, en momentos en los cuales los enemigos de la nación apuestan por sembrar la división en la sociedad, cuánta vigencia cobra su llamado a la unidad y su convicción de la importancia de esta en la consecución y posterior preservación de la independencia.

Para los profesionales juristas, la figura de Agramonte es un ícono porque conjugó su lealtad al Derecho con los anhelos de independencia. Y fue consecuente con ambos. 

Por ello desempeñó un rol importante en la redacción de la Constitución de Guáimaro, - la primera de la República en Armas - y fue electo como  secretario de la Asamblea Constituyente, a la vez que brilló como un destacadísimo jefe militar del Camagüey en los cinco años  que prosiguieron al levantamiento insurreccional del 10 de Octubre de 1868, hasta que una bala enemiga se interpuso en la consecución de sus más nobles ideales libertarios.

Con su desaparición física, la Guerra perdió a uno de sus más ilustres pensadores, al hombre que como jurista defendió también los derechos inalienables de las personas, al orden social basado en una fuerza que lo defienda, y aseguró que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre, constituyen las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los Gobiernos.

Rendir tributo a la obra de «El Mayor» es una manera de mantenerlo vivo, de beber de la fuente inspiradora de su ejemplo, de sobreponerse a las dificultades y avanzar en pos del triunfo, aunque eso lleve implícito renunciar o posponer sus sueños más íntimos.

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