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Hiroshima, Nagasaki, guerra nuclear

Por: Enrique Valdés

Si el poeta italiano Dante Alghieri hubiera escrito su magistral obra La Divina Comedia después de lanzadas las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en Japón, a punto de concluir la Segunda Guerra Mundial, de seguro el séptimo círculo del Infierno tuviera el nombre del entonces presidente de Estados Unidos Harry S. Truman y en su narración hubiera incluido los cientos de miles de civiles inocentes muertos apenas segundos después de los lanzamientos o los millones de personas, víctimas después de terribles secuelas consecuencia del envenenamiento por la radiación.

Foto: Presidente de Estados Unidos Harry S. Truman, tomada de Internet

Tan cruel e inhumano fue ese acto.

Los ataques nucleares, ocurridos entre el seis y el nueve de agosto del año 1945, sin dudas aceleraron el final de la conflagración, pero el cuestionamiento más correcto sería ¿era necesario provocar esa masacre?

Quizás la explicación más lógica no pueda hallarse en el terreno del enfrentamiento militar, cuando ya derrotada la Alemania fascista la caída del imperio japonés era inminente, sino en el efecto psicológico que podría causar entre los llamados “Aliados”, específicamente en la antigua Unión Soviética, cuyo decisivo empuje preocupaba a Estados Unidos.

Como quiera, el dos de septiembre con el Acta de Capitulación se dio por concluida de manera oficial la más devastadora guerra que recuerde la humanidad, sin que eso pusiera fin a las contradicciones generadas entre dos bloques ideológicamente diferente como el Capitalista y el Comunista.

El supuesto adiós a las armas ha estado signado desde entonces por el estigma de los muertos de aquella conflagración, la masacre civil de Hiroshima y Nagasaki, y lo que resulta más peligroso, el desarrollo del armamento nuclear que pende como la espada de Damocles sobre la existencia misma de la humanidad.

Alguien dijo en una ocasión que la Tercera Guerra Mundial sería con todo el armamento nuclear en existencia, pero la Cuarta solo con piedras y palos. Y no le falta razón.

Como la historia la escriben o reescriben los vencedores de un conflicto, Estados Unidos y su presidente asesino no concurrieron a ningún tribunal mundial a responder por los crímenes de guerra perpetrados en esas dos ciudades japonesas.

Es cierto, en el momento en el cual Truman decidió masacrar a las ciudades japonesas no existían acuerdos internacionales específicos sobre ese tipo de armas, porque sencillamente esas armas no existían, pero ajustándose a las normativas vigentes por entonces ya habían convenios adoptados para prohibir algunas de las más nocivas.

Recordemos la Declaración de San Petersburgo de 1868 destinada a evitar el uso de determinados proyectiles en tiempo de guerra por su nocivo impacto; la Convención de La Haya de 1907 que proscribía el lanzamiento de proyectiles y explosivos desde globos o el Protocolo de Ginebra de 1925 sobre la prohibición de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos en las guerras, por solo enumerar algunos.

De las dos bombas nucleares lanzadas solo va quedando el Monumento de la Paz de Hiroshima y un sentimiento mundial de repudio a esas armas cuando la fecha conmemorativa se acerca. Sin embargo, el peligro latente. El imperialismo es cada vez más agresivo y no resulta nada disparatado que incluso con el actual inquilino de la Casa Blanca pueda desatarse la última conflagración mundial.

Por tanto, Hiroshima y Nagasaki deben recordarse cada día, cada minuto, cada segundo, como lo que fue, la historia de una masacre innecesaria porque en ello va la supervivencia humana.

Resultados del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki

Fotos tomadas de Internet

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