
Por: Jessica Acevedo Alfonso
Cuando te adentras por el camino profundo hacia las ruinas del antiguo ingenio Vellocino de Oro, en las inmediaciones de la otrora Sabanilla del Comendador, en la provincia de Matanzas, el silencio descarnado y el calor intenso parecen paralizar al transeúnte.
Pocos imaginan que allí, casi en medio de la nada, entre paredes derruidas y una quietud que paraliza naciera uno de los grandes de la historia de Cuba, ese al que muchos conocen hoy como el hermano negro de José Martí, y que se convirtió muy pronto en el brazo derecho del Apóstol en la organización del levantamiento del 24 de febrero de 1895 en la Isla, para dar inicio a la Guerra Necesaria.
Solo los pocos habitantes del pequeño poblado, alejado de la carretera y de cualquier tipo de civilización y que hoy en honor a él lleva el nombre de Juan Gualberto Gómez, parecieran ser los máximos albaceas de un pasado convertido en historia, pero la verdad es que todos los matanceros recuerdan al negro rebelde y culto, de pluma desafiante, periodista, además, que dejó atrás los rezagos de los prejuicios de la época y demostró que la nobleza de un hombre no se mide por el color de la piel.
Juan Gualberto Gómez y Ferrer nació aquí el 12 de julio de 1854, entre la esclavitud, pero sin la desdicha de padecer directamente los yugos de la más cruel ignominia que ha padecido la raza humana. Hijo de los esclavos domésticos Fermín y Serafina, sus padres se encargaron de comprar su libertad antes de que viera la luz, y muchos historiadores ponen en duda su vínculo consanguíneo con alguno de los patrones de la casa.
Después de que sus progenitores obtuvieran su carta de libertad vivieron juntos en La Habana, donde le ofrecieron la mejor educación posible, matriculándolo en el colegio para negros Nuestra Señora de los Desamparados, gesto que el hijo retribuyó con su aplicación e inteligencia, lo que lo llevó a estudiar en Francia el oficio de artesano en la construcción de carruajes.
Sin embargo, aún con las limitaciones propias de la época, el mestizo entendió que su destino no era ese y precisamente en Francia conoció a Francisco Vicente Aguilera que lo acercó a los ideales independentistas. Durante esos años se inició en el mundo del Periodismo, que, por supuesto, no estaba destinado a personas de su condición social.
Mas su brillantez lo condujo a crear el periódico La Fraternidad, punta de lanza en el combate a la discriminación racial. En Madrid ejerció el periodismo y al regreso a Cuba continuó con su proyecto de periódico, con el cual burló la censura española durante la Tregua Fecunda, criticando al colonialismo y defendiendo la democracia y el independentismo.
También escribió para importantes periódicos como El Abolicionista, donde fue jefe de redacción, La Tribuna, El Pueblo y el Progreso. Conoció a Martí en el bufete del abogado Nicolás Azcárate y desde entonces surgió una gran amistad debido a la coincidencia de ideales.
Una descripción fidedigna de Juan Gualberto ofrece el texto Martí, maestro y Apóstol de Carlos Márquez Sterling. El pasaje que allí aparece narra sin preámbulos el encuentro entre Martí y él: “Un joven mulato, de abundante pelo crespo, los labios abultados, y la estatura mediana, que sonreía ingenuamente. (…) Martí y Juan Gualberto son casi de la misma edad. Juan Gualberto habla con talento, tiene una gran simpatía en sus expresiones, una sonrisa llena de astucia, unos ojos comprensivos. Los labios carnosos no abandonan jamás un enorme tabaco. (…) El hecho de pertenecer a una raza maltratada y perseguida, injustamente considerada, lo hace mejorarse, dominado por la fe de que han de lograr su independencia”.
Juan Gualberto se desempeñó con posterioridad como representante ante los conspiradores en Cuba del Partido Revolucionario Cubano y condujo el 24 de febrero de 1895 el alzamiento en Ibarra, por el que fue condenado a prisión y desterrado.
En 1898 regresa a Cuba definitivamente, y a partir de ahí se enfrentó con energía al anexionismo de la Enmienda Platt y los gobiernos de turno. Siempre priorizó los ideales de alcanzar la independencia nacional, pues lo consideraba el único camino para solucionar el problema de la racialidad. Por ello fue duramente criticado.
Ferviente martiano, de pluma ardiente y corazón independentista, Juan Gualberto murió el 5 de marzo de 1933. Su nombre rinde homenaje hoy en Cuba, a uno de los más altos galardones que entrega la Unión de Periodistas de Cuba y es considerado el patriota insigne de la provincia de Matanzas.



















