Author
Yenny Torres Bermúdez, Comunicadora de la Fiscalía Provincial de Holguín
Average: 5 (1 vote)
In this article:
Cuba, Fidel Castro Ruz, Holguín, Birán
Fidel_1

Holguín. A varios kilómetros de esta ciudad, en el corazón de la antigua provincia de Oriente, se extiende el paisaje de Birán. Allí, entre cañaverales y pinares, nació un 13 de agosto de 1926 el niño que el mundo conocería después como Fidel Castro. Pero antes del comandante, del guerrillero, del estadista, hubo un Fidel que correteaba descalzo por el batey, que montaba a caballo junto a su padre y que aprendió las primeras letras bajo la mirada atenta de su madre.

La investigación de Katiuska Blanco, que reconstruye con minuciosidad aquellos años, describe el momento exacto del alumbramiento. Fueron las dos de la madrugada. El niño pesó doce libras y fue recibido con hojas de yagruma y verbena, "para la tersura de la piel y los buenos augurios", según la tradición campesina. Su primer llanto rompió el silencio de la noche, mientras su padre, don Ángel Castro, lloraba en silencio y su madre, Lina Ruz, mantenía la entereza.

La casa del batey era el centro de aquel mundo. Allí, Lina imponía el orden con mano firme: establecía los horarios, arropaba a los niños al dormir, los bañaba y vestía. Ella, que había aprendido a leer por sí misma, fue quien más empeño puso en que sus hijos estudiaran. Don Ángel, en cambio, era un hombre de pocas palabras, abrumado por el trabajo y las preocupaciones, pero de una ternura contenida que se manifestaba en gestos pequeños: alisar el pelo de los niños "con una delicadeza fina y acariciante de flor".

La vida en Birán transcurría entre las faenas del campo y el calor de la familia numerosa. Fidel compartía juegos y travesuras con sus hermanos, pero ya desde muy pequeño mostraba rasgos que llamaban la atención. Su abuela Dominga contaba que, con apenas un año, Fidel "cantaba con gesto solemne el Himno Nacional". No era un niño común, y quienes lo rodeaban lo percibían.

Don Ángel, aunque parco en demostraciones, tuvo un gesto que quedaría grabado en la memoria familiar. Cuando varios de sus hijos cayeron enfermos y no había fruta fresca en la zona, ordenó sembrar quince mil naranjos en la finca. Un acto de amor práctico, de esos que no necesitan palabras.

Los años pasaron y el muchacho creció entre el olor a tierra mojada y el rumor de los cedros que bordeaban el camino. Pero Birán no podía contenerlo todo. Lina, obstinada en que sus hijos recibieran educación, logró que Fidel fuera enviado a colegios en Santiago de Cuba y más tarde a La Habana. El muchacho dejaba atrás el paisaje de su infancia, pero el recuerdo de aquellos años, el olor del café recién molido, la voz de su madre al atardecer, la figura silenciosa de su padre, lo acompañaría siempre.

Hubo un regreso, muchos años después, que la investigación de Blanco rescata con precisión de cronista. Faltaban apenas días para el triunfo de la Revolución, y Fidel, vestido de montaña, interrumpió sus deberes militares para visitar a su madre. No había visto a Lina en casi cuatro años. El encuentro fue breve y profundo: “Fidel sorprendió a Lina, sin concederle un instante para el asombro o las lágrimas. Se abrazó prolongadamente”. Fue la única vez que se apartó del frente por un asunto personal. El hijo regresaba a la cuna, al abrazo de la madre, al “abrazo entrañable de sombra de cedro”.

1926-1940: el tiempo que fue más nuestro. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, recordamos que Fidel Castro fue, ante todo, hijo de Birán. Que su carácter, su obstinación y su sentido de la justicia no nacieron en la sierra ni en los libros, sino en aquella tierra roja, bajo la sombra de los árboles que lo vieron crecer. Para entender al líder, hay que mirar primero al niño. Para conocer al revolucionario, hay que empezar por el paisaje que lo formó. Ahí, en ese rincón de Holguín, está la raíz del cedro.

Plain text

  • No HTML tags allowed.
  • Lines and paragraphs break automatically.
  • Web page addresses and email addresses turn into links automatically.