
En los pasillos de la fiscalía, donde el peso de la ley suele imprimir prisa a los pasos, hay un despacho que funciona como un faro en la niebla. No es grande ni adornado, pero siempre tiene la puerta entreabierta. Allí dentro, rodeada de códigos y leyes, se encuentra Dania Borrás Santiesteban, una fiscal que ha hecho de la atención al ciudadano más que una especialidad una filosofía de vida. Sus compañeros no solo la respetan por su brillantez legislativa, esa que le permite desentrañar los laberintos de cualquier ley, sino que la quieren. Hablan de ella como quien platica de una consejera, una madre. Y es que, en su mirada, la experiencia ha ido grabando la sabiduría de quien ha visto pasar por su mesa los conflictos más desgarradores: padres que litigan contra hijos, hermanos que se declaran la guerra, abuelos que no pueden ver a sus nietos. De esa trinchera humana, Dania ha extraído una conclusión tan simple como profunda: en los afectos, también hay que ser legalmente claros; por solo tratar los conflictos familiares.
El año pasado, mientras libraba las batallas judiciales de otros, a ella le tocó librar la suya propia. Un diagnóstico de cáncer, sesiones de sueros citostáticos, parecía excusa suficiente para detenerse; sin embargo, incluso en los días más duros, su instinto la llevaba de vuelta a ese despacho de puerta entreabierta, a su otra familia. Se incorporó. Y, paradójicamente, mientras ayudaba a otros a poner orden en sus vidas, el trabajo se convirtió en un pilar inesperado en su propia recuperación. Hoy nos recibe para hablar de lucha, de legado y de la justicia con rostro humano.
Cuando empieza a hablar, lo hace con la claridad de quien lleva treinta años explicando leyes, pero también con la calidez de quien ha aprendido a escuchar lo que no está escrito en las normas. “Siempre fui buena estudiante”, recuerda, y en su memoria aparecen los primeros cargos en la OPJM, después en la FEU. Una trayectoria que parecía escrita de antemano, aunque ella misma confiesa que nunca manifestó expresamente su interés por el Derecho. “Pero tenía muy definido que era la carrera que iba a estudiar”, aclara. “Siempre me ha motivado conocer qué está permitido y qué no, las consecuencias de incumplir lo establecido y poder actuar ante ello”. La Fiscalía, con su autoridad, la atrajo desde el principio. “Me encanta, pero matizada con la sensibilidad humana con la que trabajamos”.
Llegó a Atención al Ciudadano por azar, o quizá por esa necesidad que tienen las instituciones de colocar a las personas justo donde deben estar. “No fue por solicitud o interés personal, sino por necesidad de la fiscalía municipal”, explica. “Sin conocer mucho de ella”. Y entonces sonríe, como si aún le sorprendiera el destino: “Hoy considero que ha sido una de mis mejores decisiones en el ámbito profesional”. En estas tres décadas, la especialidad le ha enseñado algo que no se aprende en los libros: a tratar a las personas, a lograr una empatía que va más allá del protocolo. “Me ha obligado a estudiar normas legales muy diversas”, admite, porque cada ciudadano que llega trae consigo un mundo de problemas que rara vez encaja en un solo artículo.
Pero Dania no sería Dania sin reconocer a quienes la sostuvieron. Habla de su madre, ya fallecida, con una mezcla de gratitud y melancolía. “Tengo dos hijas y si he podido trabajar, cumplir tareas en municipios y fuera de la provincia, fue por el apoyo incondicional de mi mamá”. Aunque ella también trabajaba, así que a veces no quedaba otra: las niñas iban con Dania al trabajo. “Compartir esto con la maternidad y las tareas de la casa lleva el sacrificio que hacemos la mayoría, más si se suma un cargo de dirección”. Lo dice sin queja, como quien asume que la vida de las mujeres ha sido siempre un ejercicio de equilibrio.
De su paso por Atención al Ciudadano, guarda momentos que justifican cualquier desvelo. “Regocija restablecer un derecho vulnerado, escuchar la satisfacción de una persona porque fue bien atendido, aún cuando no siempre podemos resolver el problema”. Y cuando se puede, añade, la satisfacción es doble. Por eso insiste en que esta especialidad le ha aportado sobre todo conocimiento, porque “trabajar aquí exige preparación y actualización constante”. Los conflictos, explica, “generalmente parten de una infracción de la ley, consciente o no, ya que a veces es por desconocimiento o exceso de confianza”. De ahí la importancia de la labor orientadora, de esa palabra justa que evita que un malentendido termine en los tribunales.
Ante ese expediente difícil de resolver, que la vida le puso en 2025, sus colegas se convirtieron en su red, su sostén. “En primer lugar, resaltar el apoyo y acompañamiento de todos mis compañeros, que fue vital para salir adelante”, dice con emoción contenida. Y luego, algo que define su carácter: “Reincorporarme a hacer lo que me gusta, psicológicamente ha sido beneficioso”. Porque para Dania, el trabajo no es una carga, sino un espacio de realización, un motivo para levantarse cada día.
En estos días, su historia adquiere un significado especial. No solo por su propia lucha, sino porque ha sembrado en otros esa misma pasión. Su hija ha decidido seguir sus pasos, confirma que hay legados se escriben con el ejemplo diario. Por eso, cuando le piden un mensaje para las nuevas generaciones, Dania no duda: “Recalcar la necesidad de estudiar permanente y sobre todo la importancia del comportamiento ético personal y profesional, que es trascendental en el ejercicio de la función fiscal”. Palabras que podrían parecer un manual, pero que en su boca suenan a consejo, a esa sabiduría que solo dan los años y el haber visto de todo.
Dania pone la ley al servicio de las personas, es una mujer que sigue adelante, con la certeza de que cada día es una oportunidad para restablecer un derecho, para escuchar, para acompañar. Como aquella Lucía del siglo XIX, pero con códigos y leyes.



















