
Por: Enrique Valdés
La vida republicana de Cuba nació lastrada, impuesta bajo las botas yanquis y cercenada la Constitución de 1901 con el bochornoso apéndice de la llamada Enmienda Platt, aprobada por el Congreso de Estados Unidos. Solo faltaba garantizar el acceso al poder a un gobierno títere, honor que recayó en la figura de Tomás Estrada Palma.
Después de nombrar un gabinete que demostró la traición a los ideales independentistas de la Guerra de 1895, Estrada Palma dedicó todos sus esfuerzos a entregarles el país en bandeja de plata a sus nuevos amos.
Endeudó la nación con empréstitos de la banca de Estados Unidos, concertó un leonino Tratado de Reciprocidad que de esto último solo tenía el nombre, pues en la práctica subordinó más la economía al capital yanqui y convirtió a Cuba en su traspatio.
Esa política de entreguismo al capital norteamericano repercutió negativamente en contra de los intereses del pueblo, quien a lo largo de ese período protagonizó una encarnada resistencia que incluyó la primera huelga obrera y numerosos enfrentamientos fuertemente reprimidos.
Sin embargo , el detonante llegó con la fraudulenta reelección del corrupto presidente quien, sin una pizca de dignidad, decoro y vergüenza y ante los levantamientos armados de lo que la historia cubana conoce como la Guerrita de Agosto, que puso en jaque al sistema, prefirió entregar otra vez la Isla a un ejército de ocupación y así liquidar las protestas. El 29 de septiembre del año 1906 Cuba era gobernada de manera provisional por William H. Taft, Secretario de la Guerra de Estados Unidos.
¿Con qué visos de impoluta ilegalidad se produjo este hecho? ¿Acaso una nación independiente puede estar supeditada a los designios de un ejército imperial? En el caso de la Mayor de las Antillas las respuestas dolorosamente son afirmativas.
Paradójicamente, esas mismas verdades devienen argumentos para demostrar que con el nacimiento de la República condicionada a la Enmienda Platt, Cuba vendió su independencia real para convertirse en una suerte de neocolonia.
Al amparo de ese vergonzoso apéndice, Taft suspendió al Congreso, se atribuyó funciones legislativas, se hizo del control de la Guardia Rural y después nombró a Charles E. Magoon como nuevo gobernador.
Durante los más de dos años que duró la Segunda Intervención Norteamericana se sembró la semilla del derroche de los fondos públicos, la corrupción política y administrativa y el consabido endeudamiento de la República.
Para colmo del cinismo, y después de dilapidar a sus anchas el presupuesto estatal, el interventor yanqui financió también la ocupación militar con los fondos públicos. Cuba pagaba así el costo de la fallida independencia.



















